

Pedro Álvarez
Nacido el 7 de diciembre del 2004, cursa actualmente la carrera de letras españolas de la Universidad Autónoma de Chihuahua. Fue participante en la categoría de narrativa en el Encuentro Nacional de Jóvenes Escritores Jesús Gardea (ENEJ) 2023, con su cuento El Fin de la Inocencia. Es presidente y cofundador del Comité de Letras Hispanoamericanas de Chihuahua (COLHICH), así como cofundador del Encuentro Literario “Carlos Montemayor”, que dio luz en su primera edición en el año 2025.
Noches de septiembre
Susana se pregunta si en algún momento dejará de llover. Ella no puede salir porque se siente sola; leyó las cartas. El llanto no lo puede contener. Dicen que estará bien otra vez. No es cierto, nadie lo estará.
La tercera edad me refleja. Sumiso por las cuatro paredes que me miran, asustado por cómo se hacen pequeñas, por las cosas. Las fotos, las pinturas y las arañas. Me vuelvo viejo, pero no tanto como ella, mi abuela Susana.
Tiene las de perder, porque nadie la oye, nadie la siente, a excepción de mí, que el dolor me vuelve vulnerable. Los demás dirán mucho; no sucede nada. Yo dije que sí porque no puedo decir que no toda la vida. Y ella sabe, Susana sabe que murió la tía. Ella la cuidaba, la escuchaba, la hacía sentir viva.
Yo voy de rodillas para en la tumba dejar mis lamentos. Me toca el hombro y, de nuevo, estoy solo. Susana mira de espaldas, voltea la cabeza y, otra vez, no tengo nada. Ahora, en ese hogar me encuentro: las paredes se achican, los cuadros se arrancan, las caras vuelven y en los juegos de la confusión recaigo.
Tarántulas desamparadas tomadas del desierto caminan debajo del tendedero. Las trata con cuidado, sin pisarlas... Manos llenas de ronchas por las mordidas, cubiertas de líneas finas de sangre seca que, en algún momento, chorrearon entre los dedos. Leves marcas que provienen de tal acción que nos deja sin entender el por qué de tanto cariño.
En los últimos días de agosto, procuramos tomar rienda al viaje e ir al último ejido que se ve hasta allá en la orilla, donde extremo a extremo no se ve nada, y es que era tenebroso, y de alguna manera, frío antes de que llegara el otoño. Un cielo cubierto sin nubes, solo seco. El aire empuja el polvo y, con él, demasiadas razones. Entre ellas, todas contables, tienen nombre y las veo.
Llega el primero de septiembre. El único sonido que acompaña la casa es el rechinar de la madera vieja, mojada entre tanta lluvia de arena, seca de tantas lágrimas. Mi abuela es de llorar seguido. Ya estaba loca desde antes, pero eso no se dice. Me golpean la boca cada vez que lo recuerdo. “Que no, no digas eso”. Rechinando los dientes, pero debe decirse, pues toca caminar en la noche por ese oscuro nido sin fondo que cubre el ruido del hogar, de punta a punta con cuidado de no pisar una, porque conlleva una mordida que dolerá toda la vida. Si fuera común que las tarántulas fueran en manada, ¡estarían todos muertos! Pero no hay que dar importancia, que la locura no se resalta.
En las noches vuelve ese fuerte lloriqueo. Va como en intervalo: pega un grito, un sollozo, se hace daño a sí misma. No me levanto. Esos puntos rojos alrededor que observan, juran perdón. No hacia mí, sino a mi abuela, hasta
dicen su nombre. Entre todas susurran; la están molestando.
—Me van a matar si no las cuido.
Pocas palabras que me pudo mencionar entre las noches lúgubres y las mañanas vacías, que eran sin coherencia, con desayuno insípido.
Ver a la abuela con un nudo en la garganta; ella llora. Un berrinche sostenido durante todo el día.
—¿Cuidar de quiénes?—le contesté.
—De ellas, me miran donde esté. En la noche se comen algo más de mí.
Y sí vi sus manos, en los huesos. Ahí veía su interior y, a su vez, alcanzo a ver su corazón. Sus dedos en un blanco marfil sin tener una piel de dónde aferrarse.
En las fotos de la casa sólo podía ver una sonrisa que las telarañas cubrían. Ella siempre estuvo loca, eso me decían. La bruja que vive en la esquina, los niños crean sus mitos. Debido a tanto lloriqueo, decían mis padres: "Berrinche, ella jura extrañar algo”. Entre tanta basura acumulada y esas fotos ya mal acomodadas, veo caras que, si bien son familiares, nunca los veo.
Mi abuela me dijo que solo mis padres y yo la visitamos. Tiene tantos hijos que, si se juntaran en un rincón, serían pequeños cabellos escondidos en las telarañas, entre el polvo que ella misma trae a casa. Sé que la vejez viene acompañada de la tierra. Se va a desvanecer algún día cuando le llegue su hora, que las personas se van con el aire y, cuando uno es viejo, se vuelve polvo.
—Yo vendré cuando se vuelva polvo, abuelita.
Con la poca fuerza que tienen sus mejillas para gestionar una mueca, me sonríe. Sus cachetes se hacen transparentes, como el papel. Juro ver cómo las tarántulas se pasean por su cuerpo cuando abre la boca. Se desenredó el nudo de la garganta, y ahora están ahí. Les dije a mis padres que ahora yo soy el loco, ellos sí pueden decírmelo.
En los libros apilados junto con su propia montaña de hongos, estaba ese álbum de fotos, notas, imágenes, y recuerdos que alimentan su placer. Personas tan fugaces como es el resto de las cosas. Ella no tiene nada, pero creo que me tiene a mí. Las demás se pusieron celosas, así como lo estuvieron sus hijos...
—Quítelos, abuelita, quite las fotos del marco. Un vacío llena más que una mentira.
—Me deprimo al ver tanto, saber tan poco.
¿Dónde están esas personas? ¿Por qué les reza, Susana? No le rece ni a mis padres. Del interés nace el querer, saben que morirá de vieja, y por eso no quieren que le diga loca. Ellos son otra imagen.
Las hojas de otoño empezaron a caer: están en el suelo alimentando la madera. Las tarántulas no están, pero estoy mordido, manos hinchadas, la sangre baja... No hay gritos, pero ella no está feliz. Sobre su cama solo están sus huesos, telarañas que los conectan. Se acabó el verano.