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Marco González

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Nacido en el Estado de México, es diseñador industrial, artista plástico. Realizó estudios en Historia del Arte y Artes gráficas. Ha participado en cuatro exposiciones internacionales y colaborando con varios proyectos del INTAC y en el Congreso Internacional de Filosofía, Arte y Diseño celebrado en la UAEMéx. Cuenta con más de 15 exposiciones locales y nacionales. Es docente de artes desde 2022. Se le ha atribuido una mención honorífica en el X Concurso Nacional de Ilustración Rodin en 2024, celebrado en la Academia de San Carlos.

La muerte como testigo

Nace de un encuentro directo con la muerte, no como imagen abstracta o amenaza lejana, sino como presencia intima y cuidadora. Durante un acontecimiento en el que mi cuerpo se estaba desangrando, la muerte dejó de ser una figura final para convertirse en un umbral consciente: un espacio donde la vida se recoge, se concentra y se vuelve significativa. En ese momento límite, entendí que la muerte no solo arrebata, sino que también observa, acompaña y da peso a cada instante vivido.

La escena representada no es un enfrentamiento, sino un diálogo. El esqueleto —símbolo de lo inevitable— y la figura humana se encuentran en un paisaje turbulento que alude al tránsito emocional y físico del final. La muerte aparece como una fuerza que recoge la experiencia vital, como si al final del camino nada se perdiera del todo. Cada gesto, cada recuerdo, cada latido adquiere densidad justo cuando está a punto de desaparecer.

Mi experiencia personal al borde de la pérdida transformó radicalmente mi relación con la vida. Desde entonces, vivir dejó de ser una inercia y pasó a ser una decisión consciente. Esta obra propone pensar la muerte no como negación, sino como el acto último que otorga sentido: aquello que, al cerrar, ilumina todo lo vivido.

Viaje sagrado

Parte de un ejercicio de dibujo etnográfico, en el cual recorro mi contexto en busca de elementos activos en la cultura capaces de transmitir información importante. Es en estos recorridos donde tuve contacto con un señor de edad avanzada que llevaba un equipaje extraño: un cristo mutilado en un carrito de mercado.

Este encuentro detonó la idea de los dispositivos de carga y traslado como metáfora del equipaje emocional, anhelos, traumas y sueños que llevamos con nosotros en nuestro día a día. El anciano parte hacia el horizonte en busca de completar el cristo, es decir, se muestra como un creador en busca de terminar su creación, una especie de Frankenstein en la empresa de seleccionar la materia prima perfecta para culminar al ser humano. Esta metáfora se presenta como la cultura buscando crear individuos capaces de llevar el mundo en sus hombros.

Susurro de muerte

Reflexiona sobre mi experiencia personal frente a la cercanía de la muerte y cómo transformó mi escala de valores y comprensión de la existencia. A partir de un intento de asesinato a los 15 años, la conciencia de la mortalidad se vuelve central y da origen a la obra, que invita a buscar un sentido más allá de lo material. La imagen describe a un hombre anciano que avanza con dificultad empujando una carretilla cargada de objetos simbólicos, mientras un esqueleto rojo le susurra al oído y guía su destino. Estos elementos representan los recuerdos, miedos, deseos y logros a los que las personas se aferran para dar sentido a la vida.

El recorrido del personaje conecta lo terrenal con lo infinito, simbolizado por un entorno onírico y un sendero que deja huella en el universo. La flor del equinoccio, asociada a la muerte y la transición, refuerza la idea del paso entre la vida y el más allá. Los objetos cargados aluden al inconsciente del individuo, integrando arquetipos, símbolos culturales mexicanos y nociones del tiempo, la sabiduría y la fecundidad. En conjunto, la obra plantea que es el “susurro de la muerte” lo que impulsa al ser humano a continuar, aceptar lo transitorio y elegir vivir.

Ambivalencia introspectiva

Es una reflexión acerca de la capacidad del ser humano para conciliar sus opuestos, un adentramiento en cómo lidiamos con elementos opuestos de nuestra psique y nuestra existencia. Verdad y falsedad —representado con las máscaras, juventud y senectud—, evidente en los personajes (bondad y maldad) y sugerido con los animales, son algunas de las dicotomías que articulan la imagen. Asimismo, son ambivalencias que dialogan en un espacio onírico, que oscila entre lo fructífero de la naturaleza y lo estructurado de lo social, lo cual se observa en la vegetación y la arquitectura que enmarcan la imagen.

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