
Máncora
El ejercicio consistía
en doblar los dedos,
entrelazarlos
de distintas maneras.
La forma empanada
era mi preferida.
También estaban
perro,
globo de la muerte,
y corona.
Las tardes de lluvia,
mi abuela
—frente a la mesa amarilla—
me hacía practicar.
Empezaba:
el chiquito recto,
el más gordo
contra la yema
del índice.
Las instrucciones,
dichas con vehemencia,
variaban
según el resultado.
Aprendida la figura,
me premiaba
con alguna delicia
que fabricaba exactamente
como a mí me gusta.
Cuando crecí
y me fui de viaje,
me clavé una astilla
de madera
en la palma de la mano.
Tan profunda entró
que nunca salió.
Quedó como prueba:
yo hice un fuego gigante
en las playas de Máncora
y las personas
aplaudieron.
La fuente de los baños de las princesas
Preferí armar
la mochila
en vez de
hacer caso.
Hui hacia el norte.
El sur, decía,
se terminaba
rápido.
Vi el mar en estado salvaje,
mujeres de pelo negro
y pollera,
mormones transpirados.
Comi sopa de maní,
chicha morada,
patacón con arroz,
ceviche fresco.
Conocí un viejo
pintor, una señora
que habia sido
embajadora.
Hablé otro idioma
subida a un camión
alto y fuerte
como un departamento.
Olí amargo
las letrinas
y el transporte
de larga distancia.
Tomé caña amarga,
frutillada marcianos,
muña muña,
cachaza y me dormi.
Vi una horda
de animales
hechos de piedra
desde la ventana
del cuarto de tierra
donde viví.
El gesto
era de alumbramiento
y suerte.
Aoshima
Hay una isla
de un archipiélago
cerca de China
donde viven
miles de gatos.
La porción de tierra
rodeada de agua
tiene árboles frutales,
flores de colores fuertes,
pájaros que solo viven
en las ramas altas.
Por la mañana, humanos
y animales saludan al sol,
juegan, se acarician.
A las cinco cae una lluvia
refrescante.
Comen, beben.
Nadie golpea.
Nadie grita.
Corren ríos frondosos,
fáciles de nadar.
Hay tantos peces
que el alimento no se acaba.
Los felinos cazan,
las personas cosechan.
Una casa grande
ocupa el centro.
Ahí se descansa,
se comen delicias,
la gente se conoce,
se está con amigos
o se llora.
Pueden ver películas,
hacer música,
bailar,
inventar obras,
pintar con buenos materiales,
escribir en cuadernos con tapas preciosas.
A la madrugada,
después de dormir
entre las piernas
de las personas,
los gatos se internan
en las zonas más profundas.
Hay lugares
que ningún humano tocó.
El tipo de gato
que más se repite
es el tricolor:
naranja, blanco y negro.
También los hay grises,
suaves como tocar panaderos;
negros, que parecen azules;
atigrados;
té con leche;
blancos que brillan
como apariciones.
Cuando maúllan
parece que hablaran
un idioma.

Lucía Aráoz de Cea
Nació en la ciudad de Buenos Aires en febrero de 1987. A los cinco años la apodaron “cachaña”. Es actriz, comunicadora, obsesiva de la música, los gatos y los stickers. Margarita Roncarolo, su maestra de escritura, le salvó la vida en reiteradas ocasiones; sus amigas y amigos, también. En 2010 publicó Queridísimas con la editorial Hasta que llegue el silencio, y en 2025 publicó Las Cachañas con la editorial Halley Ediciones.