

Julián Pacheco
Julián Pacheco (1997) nació en Córdoba, Argentina, ciudad en la que reside. Es hijo único y detesta el frío. Trabaja como redactor creativo en una agencia especializada en comunicación política. Su cuento “Las manos" fue publicado en la convocatoria “Cuentos de una siesta de
verano” de la editorial Rama Negra.
Uktûr
Canchera... Insoportable... No pude contenerme. Me echaron del bar por pelearme con una idea. ¿Por qué a mí y no a ella? Porque en ese bar las ideas eran más. Habían esperado toda la Historia para que fuera su momento y sabían aprovecharlo. “Che, idea...”, le dije. Una discusión que escaló rápido. Además, me trataron de borracho y eso me molestó. Conmigo salió una chica a la que también le molestó la situación y decidió acompañarme. “Me llamo Amarian”, me dijo.
Caminamos en silencio hasta salir del pueblo. Era un pueblo chico alejado de todo, y allí no nos querían. Afuera del pueblo, el silencio era aún más exagerado. Tan exagerado que todo se escuchaba el doble. Una mezcla de ruidos y pensamientos...nada importante. Caminamos sin saber hacia dónde, un poco por lo borracho y otro poco porque al mapa me lo había olvidado en el bar, junto con mi Biblia de las Instrucciones. Al parecer ella también había dejado su Biblia. “Lo hice a propósito”, me dijo mucho después.
Cuando nos cansamos de caminar decidimos construir un refugio. Verla a Amarian levantar, cargar y apilar piedras negras me hizo calentar. Trabajamos con lo que encontramos y, en pocas horas, construimos una casa de piedra volcánica. La casa negra, imperturbable, brillaba por el reflejo plateado del arroyo que corría junto a ella. De fondo, un valle ancho que también hacía silencio. Elegimos ese lugar para el refugio solo porque allí fue donde nos cansamos.
Pasamos la noche durmiendo y haciendo el amor en el piso de piedra volcánica. Al otro día continuamos construyendo. Construíamos lo que necesitábamos en el momento en que lo necesitábamos: cuando nos dio hambre, construimos la cocina; cuando nos dio frío, un hogar y un hacha; cuando tuvimos sed, una destilería, y así... Construimos un hospital cuando nació nuestro primer hijo, Rémulo; una fábrica de herramientas para reemplazar las que se nos rompían de tanto construir; y hasta construimos un obelisco de noventa metros. También construimos El Bar.
De los niños se encargaba Amarian, claro. Así lo indicaba la Biblia de las Instrucciones, o al menos eso creo. Cuando nuestros diecisiete hijos tuvieron edad suficiente, agarraron las herramientas y construyeron su parte: lo que necesitaban a medida que lo iban necesitando.
Trece años después de la noche en que me echaron del bar por pelearme con esa idea presumida, ya habíamos construido todo lo que considerábamos que necesita un pueblo para ser considerado pueblo: casas, edificios, monumentos, el Bar, etc. Lo que había que hacer, entonces, era ponerle un nombre: “Uktûr”.
“¿Dónde comienza y dónde termina Uktûr?”, preguntó un día mi hijo Anotonio. Él tenía esa costumbre: la de hacer preguntas difíciles. “¿Qué es y qué no es Uktûr?”. Así que, como no sabíamos qué responder, construimos la muralla de ladrillo. A partir de ese momento, todo lo que estaba de este lado era Uktûr. La muralla no nos protegía de nadie porque nunca nadie había querido entrar al pueblo, pero la construimos porque no teníamos nada más qué hacer.
“Solo hazlo”, esa era la máxima primera de la Biblia de las Instrucciones. A algunas cosas aún las recuerdo bien... ¡Se sorprenderían si supieran todo lo que se puede hacer siguiendo semejante máxima! Un día, Amarian dijo: “Deberíamos reescribir nuestra propia Biblia de las Instrucciones”. Así que lo hicimos.
“Harás lo que debas hacer, o no harás nada...”, “hacer o no hacer, esa es la cuestión...”. Con Amarian recordamos y reinterpretamos cada una de las máximas originales. Lo hicimos hasta quedarnos sin verbos. Cuando terminamos, la Biblia de Uktûr pesaba treinta y dos kilos. Como nuestros hijos no sabían leer, aprendieron las máximas de memoria. Amarian leía una máxima antes de cada almuerzo; ellos la repetían antes de dormir.
Cuando Uktûr amplió todo lo ancho que el paisaje nos dejó, comenzó a expandirse hacia arriba. A cada construcción se le construyó otra encima, y así. De ellas nacieron nuevos oficios y cosas por hacer. De mis hijos, nuevos hijos. Uktûr se llenó de torres que intentaban acercarse al obelisco de noventa metros pero que igual no lo hacían. Quizás, por cuestión de respeto.
Nuestra casa de piedra volcánica se mantuvo al nivel del suelo, pero con Amarian comenzamos a pasar tiempo en la cúspide del obelisco. Desde arriba veíamos toda la región de Kōzõr. Un día, incluso, creo haber visto al bar de donde me echaron ardiendo en fuego. La vista era tan... ¿Dirían que “contemplar” es hacer algo? Amarian creía que sí; yo, en cambio.... De cualquier forma, a esa altura con ella ya estábamos un poco cansados.
Mi hija favorita, Petruza, construyó el cementerio en el que me enterraron al morir. Ese día hicieron una ceremonia grande y decretaron siete jornadas completas de no hacer nada. Luego de cinco horas de no hacerlo, todos volvieron a hacer lo que hacían. Mi tumba está en una colina desde donde se puede ver todo lo hecho y lo que estaba antes también.
Al momento de morir tenía ciento cuarenta y nueve nietos. Al año siguiente, en el pueblo de Uktûr ya vivían más de trescientas familias. Todas sangre de mi sangre, semen de mi semen. Vivían de manera ordenada, haciendo lo que había que hacer. Hicieron una biblioteca, un museo y un lugar donde se aprende. Supongo que fue en alguno de esos tres lugares donde empezaron hacerse preguntas difíciles.
Hace dos años, el hijo de uno de mis primeros nietos tuvo una idea. Estaba en el Bar y se le ocurrió que el obelisco de noventa metros podía ser interesante para algún extranjero. “Quizá a alguien de afuera le interesa por su tamaño imponente”, dijo en voz alta. Pero el resto de la gente del Bar siguió haciendo lo que estaba haciendo.
Hoy Uktûr es el destino turístico más importante de la región de Kōzõr. Cada día, decenas de grupos de turistas asiáticos hacen el tour que el hijo de uno de mis primeros nietos y su hija, Estevia, dan. A cada persona le cobran setenta y dos oros por la entrada que incluye el almuerzo y una botellita de destilado como souvenir. Los turistas vienen con sus cámaras de fotos descartables y sus paraguas para el sol, siempre en grupos de veinte, y se sorprenden con todo lo que hicimos: mi casa de piedra volcánica, las destilerías, los talleres, los gimnasios, el bar Bar, etc. “Oooh”, “Oooh”, dicen. El recorrido termina con nosotros, en el cementerio donde nos sepultaron a Amarian y a mí.
Piedro, el último de mis hijos, aún visita nuestras tumbas. La semana pasada le susurró a mi lápida que nuestra descendencia está abandonado el pueblo. “Es porque ya no se puede vivir en Uktûr”, dijo Piedro. “Ya no se puede ni caminar de la cantidad de turistas, y no hay nada que hacer al respecto”. A mí, la verdad, eso no me molesta. “¡Hagan lo que quieran o busquen otra cosa para hacer!”, eso les diría. Pienso (¡pienso!), y hasta se me ocurren algunas ideas... ¡Ay! Tantas cosas por hacer... y yo sin siquiera poder continuar mi descanso porque una turista china se paró sobre mi tumba con su cámara de fotos y me despabiló.
