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Juan Papasidero

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Nació en Buenos Aires en 1995. Es escritor y profesor de filosofía. Publicó tres libros de poesía: (la)poieticosa (Editorial Lisboa, 2019), Profanum vulgus (Clara Beter Ediciones, 2021), Lapsus lingue (Halley Ediciones, 2025), y una novela con Las Furias Editora, Una lengua demencial (2025). Como docente, dicta clases de filosofía en la UNLaM y en Institutos Superiores de Formación Docente. Además, imparte talleres y seminarios de escritura creativa y clínica de obra.

Un rosal en el ayer

Rosas. Ella cortando rosas. Pétalos. Caen pétalos marchitos. Esquivar las espinas, cuidar los dedos. Tijeras. Poner la vista en las tijeras, apartarlas de los dedos de ella. Vigilar sin intención, seleccionar las correctas, descartar las que no. Desde el patio, vemos morir la tarde, cortando rosas, eligiendo flores.

Ella murmura. Parece dedicarle algunas a alguien, como quien trae ausentes al presente de la escena. En la casa, a varios metros, se oyen melodías domésticas. Acá, donde nosotros, florece un pequeño silencio, cortado a instantes, por murmullos de rosas que van en homenaje. Solos, en el mundo verde, azul y rojo del jardín, vamos poco a poco despoblando las cabezas coloridas del rosal. Las espinas parecieran respetar la torpeza de sus manos, de sus dedos llenos de líneas como las nervaduras de una hoja. No la agreden.

Ella sigue cortando. Arranca flor y murmura. Rosa y murmullo, rosa y murmullo. Mis ojos siguen ahí, pero el silencio me oculta; no soy relevante. La escena está en el temblor de sus manos, en lo garabatos que hacen sus labios cada vez que rosa y murmullo, rosa y murmullo. La sucesión va tomando ritmo, ella se presta al servicio de una cuerpografía. Lo cíclico de la secuencia le confiere un aura de distancia. Duplicada la lejanía, ella se vuelve instrumento, mera intérprete. Pone su cuerpo, labios y manos a disposición. Las acciones emergen de un rincón aparte. Parece una autómata operando desde el desinterés. Rosa y murmullo, rosa y murmullo. Corta flores como si a cada tijeretazo invocara una presencia, y a cada murmullo le correspondiera un rostro.

Lentísima pero andante, la tarde va incendiándose. El cielo se regala como un rosal en llamas. Abajo, en lo firme, se acumulan hojas, sucesivos restos del descarte. Hojas, pétalos y espinas acolchonan el suelo. Hace tiempo que los pájaros nos esquivan. Todo va muriendo un poco con la dulzura última del otoño, menos las tijeras. Ella sigue cortando. Corta y reza. Rosa y murmullo, rosa y murmullo. A nuestros pies, lo vegetal se funde en un nuevo tapiz. Arriba, a la altura de lo visible, el pequeño nosotros perdido en la lejana punta del jardín se va desdibujando al compás de los arribos, de las llegadas, primero efímeras, luego indefinidas, y ahora ya más claras y nítidas, de los que van respondiendo a la señal, al llamado ritual. Absorta en sus tijeretazos, rosa y murmullo, ella sigue cortando, reza y convoca presencias como si la llegada de los invitados le fuera indiferente. La tarde rojinegra exhala un sigiloso aire de hospitalidad, invade los pulmones con el abrazo del reencuentro. Deshecha ya la soledad de las tijeras, entre las rosas y el murmullo brillan, en leve calma, los ojos de los convocados al banquete, los rostros del pasado aquí, sonrientes, acudiendo al aviso, al llamado de la que vive más allá del oleaje.

Yo, recién venido a este mundo, me siento parte de los vivos. Los otros, recién partidos, de la muerte llegan en visita. Ella, levitante de los lugares y las horas, pervive en un limbo lo suficientemente ligero como para pendular y contactarse con unos y otros. La abuela, cortando rosas en el jardín, es una médium que dialoga con vivos y muertos desde su doble extranjería. En el suelo, quedan las hojas, los pétalos y las espinas, señal de que allí estuvimos, de que unos llegan y otros parten. Señal de que algunos están sin estar, se van sin partir.

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