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Daniel Frini

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Daniel Frini (Argentina, 1963). Ingeniero, escritor, artista visual y Magister en escritura creativa. Participó en varias antologías, en diversos idiomas. Su último libro publicado es La vida sexual de las arañas pollito (Color Ciego Ediciones, Argentina, 2019). Obtuvo varios premios. El último resultó ser el 1er Lugar en el Primer Concurso Internacional de Minificción IER/UNAM (Instituto de Energías Renovables de la Universidad Nacional Autónoma de México).

Una historia menor

Ella soñó con él todos los días de su vida, desde una noche de invierno, cuando tenía once años, en la que el viento silbaba con aullidos de frío, y la botella con agua caliente apenas entibiaba el catre de la pobre pieza descascarada. Él soñó con ella recién cumplidos sus doce, a partir de la misma noche, siendo para él de verano y luna tenue en una playa mexicana, donde sus padres lo habían arrastrado, huyendo del terror de los años de plomo.

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A ella, en sueños, se le erizaba la piel con las caricias suaves con que él solía amarla, y aprendió a dormir abrazada a su almohada aún sin saber cómo nombrarlo. Él llegó a odiar las horas de vigilia. Desesperado por encontrarse con esa mujer cuya sonrisa le recordaba los abrazos de su madre, las tardes de barrilete con su abuelo, una vieja canción de cuna, de esas que uno recuerda tan bien, aún cuando no acierta con la melodía.

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Ella fue buena estudiante y el gobierno de su provincia la becó para estudiar una carrera en la capital. Eligió medicina. Él, de vuelta en el país, siguió los designios de padre y abuelo, y estudió abogacía.

 

Crecían soñándose. Llegaron a vivir a unas diez cuadras el uno del otro. Ella lo buscó —de manera inconsciente— en cada compañero y en cada desconocido, en cada calle, en cada plaza, en cada aula, en cada bar. Él estuvo siempre convencido de que ella era real, y no la buscó, sabiendo que en cualquier esquina se la llevaría por delante. Imaginó una y otra vez qué le diría: “Hola. ¿Estoy soñando otra vez?”, pero sabía que no se animaría a decir nada y quizá amagase un beso, tímido, en la mejilla.

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Ella se preguntó todas las noches: “¿Él me soñará a mí?”.

Él se preguntó, en todos sus sueños: “¿Ella me soñará a mí?”.

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Una tarde de domingo en invierno se cruzaron en una calle de San Telmo, cerca de la plaza Dorrego. Ella estaba mirando la vidriera de un anticuario; él estaba mandando un mensaje con su teléfono. No se vieron. Nunca más estuvieron tan cerca.

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Él tuvo dos parejas que no funcionaron. Ambas mujeres se parecían mucho a ella, pero no eran ella. No tuvo hijos. Ella vivió sola el resto de sus días. Algunas veces tuvo sexo ocasional con hombres que se asemejaban al de sus sueños, pero a la mañana siguiente ya eran recuerdos, mientras que el soñado era real todas las noches y todos los días.

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Él se mudó a una ciudad del interior, siguiendo algún dato que creyó que ella le decía. Ella siguió ejerciendo en el Gran Buenos Aires, porque entendió que él vivía allí. Dejó pasar oportunidades por miedo a perderlo. 

 

Pasaron los años y siguieron haciéndose compañía por las noches. Envejecieron juntos. El murió bien entrado en sus ochentas, en su cama de un geriátrico. La última enfermera que lo vio con vida no entendió sus palabras: “Ah, no sos vos” dijo él cuando la vio, y giró su cara hacia la ventana cerrada, llorando. Esa misma noche, ella lo soñó muriendo de viejo, abandonado. Fue la última vez. Dejó de verlo y se sintió muy sola.

 

Lo sobrevivió apenas un mes.

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