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Constanza Janer

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Constanza Janer, nacida en Campana en el 2002. La expresión artística y la comunicación digital mancha su rutina, a veces desde el ocio y otras por trabajo. Es diseñadora multimedia y, a su vez, estudió dirección de arte inclinado a la publicidad. 

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Disfruta escribir y observar. Hace poco creó un taller de escritura en CABA, el cual es abierto, libre, y se construye en comunidad. Desde la curiosidad y el amor por el intercambio, busca en cada situación seguir aprendiendo y conectar con los otros. 

Hambre

Siempre respondí que quería adentrarme en lo desconocido. "Busco redescubrir el asombro y tener un vistazo de todo lo que no sé". Me devolvían ceños fruncidos, parecía hasta que los ofendía. Mi mamá defendía su indiscutible posición; se debía a mi desuso de sus pendientes de ojo turco. Treinta años pasaron y seguimos sin entendernos. Empeora con el tiempo y me resulta más indiferente también. 

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Arribé a la blanca habitación, iluminada por un ojo de buey con vista a más blanco y ventanas a otros ojos. La mujer de cabello liso y brilloso por de más me dio las llaves. Esta vez con un nuevo colgante de pimiento rojo. Mi sobrina hubiera comentado algo sobre aquella mirada rasguñada. Había un apuro en sus movimientos desequilibrados, de quién sabe que la olla está rebalsándose pero ahora no puede controlarlo. Yo no oía el agua en ebullición. De hecho, no había sonido. Quizás sea por el cambio de horario, pensé. ¿O lo dije? Dudo porque, inmediatamente después, la mujer de ojos rasguñados empezó a señalarse las orejas, y a mover las cejas hasta partes de la frente que no sabía que llegaban. Que fortuna que haya cambiado de opinión acerca del botox. Pareció relajarse después de mi guiño y la palmadita en el brazo. Recordé lo fácil que es complacer. 

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No pasó mucho tiempo en que aparecieron los grillos, devolviendo las vibraciones perdidas entre la carencia de pensamientos. Su llegada venía en compañía del ruido proveniente de mis tripas hambrientas. Quince horas pasaron desde que mi mamá me forzó a comer esa banana verde. “Sino no te doy el pasaporte” me dijo. Qué vieja hincha pelotas. Treinta años pasaron. 

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La mujer de ojos rasguñados me dejó un tupper con unas ocho cucharadas soperas de ese arroz pegoteado. Por fin está acostumbrándose a ponerle un poco de verdura; no es sano tanto carbohidrato solo. 

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Volví a esas cuatro paredes que habían visto tanta plasticola, apego, papeles y desapego, donde me recosté en la blanquecina ceguera. El típico sueño químico me complejizó visualizar las realidades distorsionadas que me planteaba mamá. No quiero perder más tiempo. Treinta años pasaron.

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