
Invierno
Hoy caminé por el centro.
Ahora sí pegó el invierno,
lo sé porque no te tengo.
Se suspendió la temporada de conciertos.
No vi a las putas prostituirse en las esquinas,
vi a los santos resguardarse del frío en las hornacinas,
vi al viejo cantinero servir en la cantina,
vi a los limosneros estirar la mano, y me sentí el mendigo
más desdichado,
al estirar el cuello para ver si te veía.
No he podido, y probablemente no podré olvidarte.
¿Dónde estarás calentándote?
Buscándote con mis dedos toqué todas las piedras que
estuvieron a mi alcance.
Se me hizo tarde, y si anduviste por ahí,
quiero que sepas que llegamos tarde.
¡Cuánto daño nos hicimos!
¡Pero cómo extraño lo que hicimos!
En aquel bosque perdido, frío,
mientras el fuego, como inexorable presagio de nuestro
destino,
anunciaba las últimas crepitaciones de las ramitas secas.
Hoy que estoy herido de muerte,
y sé que no volveré a tenerte,
te pido, para alivio de mi última suerte,
el último te quiero, a secas.
La casa de mi abuela
Hay una casa
que no es chica ni es grande,
donde todos caben:
es la casa de mi abuela.
Allí nadie sufre de hambre,
los malos tiempos y las tempestades pasan desapercibidos,
y hasta el hombre más gruñón,
se vuelve un niño consentido.
Hay una casa
que huele a tequila y suena a danzón,
donde la comida tiene su propio sazón:
es la casa de mi abuela.
Allí me siento en casa,
aunque no sea la mía,
y es que en esa casa el tiempo no avanza,
cuando ella me mira.
“Ya estoy grande, abuela”, le digo.
“Puros perjuicios contigo”, me responde.
Y me río y alcanzo la serenidad,
porque esa es su forma de decirme que me ama.
Hay una casa
en la colonia La Hacienda, calle de Balvanera,
por la ventana se asoma un fantasma:
es la casa de mi abuela.
Anacronismo
Después de todos los poemas de amor,
y de aquellas cartas largas que hubieran sido ridículas
de no ser por tu aprobación,
hoy me encuentro sentado al borde de la cama,
que asoma al precipicio,
escribiendo por última vez acerca de ti.
Después de todos los poemas de amor,
me toca hacerte uno de desamor, el que culmina,
y una carta breve, anacrónica, en donde lo nuestro no muere,
sino nace,
y me pides que te vuelva a leer
lo que escribí por primera vez acerca de ti.
Sé que te has ido para no volver,
aunque no lleve la cuenta de los días,
pues tu perfume dulzón se ha disipado
y ahora siento cómo se pudre el aire encerrado.
Respeto tu decisión,
así como respeto tu lado de la cama, que dibuja tu forma,
y te pienso, porque no soy más
que un sucio coleccionista de recuerdos,
como los cabellos que dejaste arraigándose en la almohada.
En las dos versiones de los hechos
yo he aceptado ser el malo,
en la tuya porque sí, en la mía porque no quedaba de otra.
Quédate con la razón; a mí ya no me sirve de nada,
después de todos los poemas de amor.

Armando Aparicio
Es fundamentalmente un poeta que se graduó como ingeniero industrial para después terminar odiando la industria. Nació en las postrimerías de México, allá en la costa chiapaneca, el 13 de noviembre de 1995. Cabe destacar que esta es la primera ocasión que participa en una convocatoria para publicar uno de sus escritos, cada vez se siente más listo para enseñarle al mundo de las letras de qué está hecho, alcanzando una madurez y templanza como escritor.