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Alejandro Navarro Normand

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Alejandro Navarro Normand es dramaturgo, cineasta y crítico formado en Teatrología y Dirección Cinematográfica en Cuba. Con amplia trayectoria, su labor abarca la escritura de guiones (Yo, indocumentada), la narrativa dramática (Gutiérrez, Tadeo), la docencia y el análisis cinematográfico. Apasionado por el relato audiovisual, combina la creación artística con la reflexión crítica sobre el lenguaje del cine.

Paisaje de saqueo con figuras o Aún es de noche en Caracas

Tras la muerte del venezolano Hugo Chávez Frías, el proyecto "Revolución Bolivariana" de impronta populista en la práctica y feroz componente "anticapitalista, antimperialista yanqui" en lo discursivo, sufre un fuerte descalabro.

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Se suceden años donde, ausente la figura del líder carismático que con astucia cohesionaba simpatías, la bajada de los precios petroleros que impiden continuar la repartición de dádivas para garantizar lealtades; el desmoronamiento de estructuras y servicios básicos luego de años de desatención y corrupción; junto a una crisis de abastecimiento por caída de importaciones de alimentos y medicinas (en un país que poco produce) tras el gobierno haber suspendido el pago a proveedores internacionales de deudas por control de cambio, llevan a Venezuela a un punto de no retorno.

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El descontento acumulado contra el chavismo, señalado de mantenerse gobernando a través de múltiples fraudes, estalla en las calles en forma de protestas cívicas que serán constantes durante 2016 y alcanzan su punto álgido en 2017. Durante estos meses traumáticos e interminables para la población, se desata en las principales ciudades una guerra civil no declarada donde la ciudadanía enfrenta indefensa tanto a los "agentes del orden" gubernamentales, como a los llamados "colectivos", células paramilitares, armadas y financiadas por el poder, que les usa para intimidar, amenazar y atacar a quienes consideran (o designan) opuestos al gobierno.

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Habrá un uso premeditado, generalizado y sistemático de fuerza excesiva con detención arbitraria de miles de personas que serán sometidas a malos tratos, torturadas e incluso asesinadas. En zonas residenciales próximas a las barricadas de los manifestantes, policías y militares entran a los hogares, sin órdenes judiciales, golpeando y arrestando a los residentes, robándoles dinero, pertenencias y comida. Luego de que se retiran del lugar, llegan los "colectivos" a concluir el saqueo, la intimidación, la siembra del pánico: ese miedo a sentir miedo.

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Puro terrorismo de estado que busca paralizar la inconformidad a fin de anular cualquier tipo de oposición política o social y mantener el control. Si Chávez había impostado la figura del "taita generoso" que regalaba a manos llenas y solo ocasionalmente amenazaba reprimir con "gas del bueno", ahora, el poder no tenía miramientos en ser el "taita fuerte", mostrando a la población las posibles consecuencias de sus actos a través del esclavo colgado a la puerta del ingenio. Caídas las máscaras, el fascismo se vestía de rojo.

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Es el momento que sirve de partida a Aún es de noche en Caracas, película de Mariana Rondón y Marité Ugás, de guion coescrito con Karina Saínz a partir de su novela La hija de la española, que Netflix incorporara recientemente a catálogo.

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La historia es la de Adelaida, quien, tras la muerte de su madre y en medio de la convulsión que vive la ciudad, es despojada de su vivienda al ser la misma "declarada" bien de utilidad pública y "tomada" por "la Revolución" a través de una "unidad" femenina que reparte cajas de alimentos para premiar a simpatizantes.

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A partir de esta premisa, absurdamente kafkiana pero basada en realidades vividas por muchos en Venezuela —antes, durante y después de las protestas del 2017—, la propuesta conjuga de forma excepcional el thriller, la denuncia social y el estudio psicológico de personajes, para convertirse en una experiencia cinematográfica de singular riqueza.

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Sucede desde el exquisito dominio que las realizadoras muestran sobre su oficio. Son primeramente capaces de lograr en el extranjero un diseño de producción que traslada a la Caracas caótica y revuelta del 2017, así como a un Ocumare en carnavales de los 90 y/o en la intemporalidad de la infancia. Los dos escenarios que potenciarán esta indagación sobre la libertad y la identidad se complementan con una dirección de arte que maximiza la expresión: calidez de color en los recuerdos de niñez contra frialdad y los oscuros barrotes en que se convierten los ventanales del escondite en el presente.

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El espacio es en cualquier sentido otro protagonista más. Un apartamento típico de la clase media del país que se vuelve metáfora de su historia, del paso de la posesión sin conflicto al conflicto por la posesión, el expolio, el saqueo, la imposición del chavismo "resteado", así como de las luchas de rapiña entre sus seguidores. Porque ya no hay en los nuevos luchadores sociales nada de ideales. La practicidad de la sobrevivencia, que obliga a apoyar, robar o matar, ha desplazado a las pancartas que en los 60 y 70 del siglo pasado veían el luminoso porvenir a la vuelta de la esquina. El viaje ha dado vuelta sobre sí mismo.

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Al llegadero llegados, lo que ocurre alrededor, aunque parezca fondo, ocupa en realidad en el filme un primer plano: el punto álgido donde la "revolución bonita" se devela en su intricado sistema de rapiña, donde un populismo corrompido asegura bienes materiales a quienes le apoyan en su imposición. A exponerlo van el sonido: capaz de articular un mundo exterior sombrío, violento, fidedigno, y un montaje que logra ritmos acertados, buen balance, fuerza con el material de archivo, y un hermoso tramo final.

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La efectividad va sostenida, además, por personajes construidos con robustez y acierto, desde los secundarios hasta el protagonismo de Natalia Reyes como Adelaida. Mención especial merece el logro de Sheila Monterola con La Mariscala, que hace aflorar las contradicciones de un elemento popular sin educación política, engañado y manipulado, en quien los vicios de la república petrolera cambiaron del "ponme donde hay" a un nuevo context de viveza criolla con consignas de izquierda. Tan rehén como Adelaida, tan instrumento como Santiago, tan "yo soy yo y mis circunstancias" todos.

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El filme, que ya acumula millones de vistas, ha despertado pasión (mérito ya mayor, hoy en día) tanto en sus presentaciones al público, como en redes sociales: debates entre admiradores de sus obvias virtudes artísticas y detractores que superponen lo que la película no es (o según ellos "debería ser") a lo que la película en efecto propone.

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Las casas no dejan ver el bosque y el árbol oculta al pueblo cuando hay cercanía por medio. Demasiados recuerdos vívidos de aquellos años, anécdotas, vivencias que se niegan a ceder, cosas de identificación y amor propio. Pero en el infinito todas las paralelas se cruzan y queda la experiencia común expresada: una obra sobre individualidades impedidas de tomar decisiones propias de su vida, su profesión y su identidad, por circunstancias ajenas a su voluntad y a su poder de decidir, que es en definitiva: la libertad.

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Estas temáticas centrales van anudadas en interesante contrapunteo con escenas de recuerdos en flashbacks que narrativamente impulsan el plot "apropiación-de-identidad-escape", pero también abren línea de la despedida interior que emprende Adelaida: de su madre muerta, de su apartamento perdido, de su vida pasada y de una infancia (o los recuerdos de aquel paraíso) ya idos para siempre. Identidad y desarraigo.

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Obligada a convertirse, literal y figurativamente en "otra", sin olor a salitre que evoque Semana Santa, sin tambores a lo lejos, la fusión de tiempos (pasado y presente), de realidades y temas marcan el final. En simultaneidad están la niña y la mujer. Y el mar que las une y no.

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Porque ese al que sale la Adelaida adulta y, con ella cada expatriado al despegar su avión, es, ciertamente, el mar de las nuevas posibilidades, los comienzos y la libertad, pero también el de lo que se deja atrás, el de las pérdidas y los naufragios personales; un nuevo mar a ser.

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Hay crónica de días aciagos en ese trayecto que Aún es de noche en Caracas más que concluir, inicia. Pero trae resiliencia y renovación. Y hay una fuerza necesaria en ella.

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